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CR News – Marzo 2025 • Volumen XX, Número 11

       

Tipología Adán-Cristo (1)

Adán es un tipo de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la declaración expresa de Romanos 5:14 Adán “es la figura [del griego tupos, es decir, tipo] de él [es decir, el Señor Jesucristo] del que había de venir”. Adán es un tipo de Cristo en el decreto eterno y el propósito inmutable de Dios. La meta de Jehová nunca fue un mundo perfecto en Adán; siempre fue el Señor Jesús y la iglesia glorificada en él.

Luego, Romanos 5 declara: “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo” (15).

Pero ¿cuál es la tipología entre Adán y el Señor Jesús? ¿Y qué no lo es? ¿Cuáles son las comparaciones entre Adán y el Mesías? ¿Cuáles son las semejanzas? ¿Cuáles son los contrastes? ¿Cuáles son las comparaciones, semejanzas y contrastes entre estas dos figuras en lo personal y entre los diversos grupos o multitudes representados por cada uno? ¿De qué se habla exactamente en Romanos 5:15 como “mucho más” y abundante?

Para responder a estas preguntas, consideraremos este versículo en el contexto de su capítulo (Romanos 5) y a la luz de otras Escrituras pertinentes.

Aunque Adán es un tipo de Cristo, existen marcadas diferencias entre ambos. Adán fue creado a imagen de Dios; Cristo como el Hijo engendrado eternamente, es la imagen misma de Dios el Padre. Adán era completamente hombre, pero solo hombre; Cristo es completamente hombre y completamente Dios. Adán fue el primer ser humano en el tiempo; Cristo vino al mundo unos 4,000 años después, aunque es el primogénito de toda creación según el decreto de Dios, como Aquel que es preeminente en su propósito eterno (Col. 1:15,18). Adán fue formado del polvo de la tierra; Cristo fue concebido por el Espíritu Santo y nació de una virgen.

De acuerdo con 1 Corintios 15:47, Adán era “de la tierra, terrenal” y Cristo es “el Señor del cielo”. Adán fue formado en el sexto día de la creación; Cristo fue circuncidado en el octavo día después de su nacimiento. Adán fue creado inocente y recto, pero capaz de caer—y él cayó; Cristo era “santo, inocente, sin mancha” y “apartado de los pecadores” (Heb. 7:26)—y no podía caer.

Entonces, ¿en qué es Adán un tipo de Cristo? Hemos visto que no es en su persona, naturaleza, origen u orden, como tales. La tipología Adán-Cristo reside en que ambos son cabezas federales o pactuales de la humanidad. Esto es enseñado en Romanos 5 y 1 Corintios 15.

Pero ¿qué se entiende por cabeza federal o de pacto? Una cabeza de pacto es un representante legal y orgánico de la humanidad según el designio de Dios, tanto en su consejo eterno como en su providencia temporal.

¿Quién está representado por y en cada cabeza federal? Adán es la cabeza y representante de toda la raza humana: toda persona humana, excepto Jesucristo (quien es una persona divina, el Hijo eterno de Dios, no una persona humana). Jesucristo es la cabeza y representante de la raza humana elegida: cada oveja y cordero, aquellos por quienes murió y aquellos a quienes él regenera. Rev. Stewart


La Ley y el Evangelio

He recibido varias preguntas más acerca de Romanos 7 en respuesta a mis artículos sobre “¿Quién es el hombre de Romanos 7?”. Consideré útil incluir estas preguntas junto con mis respuestas en otro artículo de las Noticias Reformadas. Estas preguntas, una vez más, se refieren a la ley, un tema sobre el que he escrito bastantes artículos. Sin embargo, entiendo que muchos tienen preguntas sobre estos temas, ya que yo también luché con ellos durante muchos años.

Esta es la primera pregunta: “Acabo de terminar de leer su serie sobre el hombre en Romanos 7 en las Noticias Reformadas. Muy útil; gracias por escribir estos artículos. Es bastante claro que el hombre tiene que ser un hijo regenerado de Dios. Mi pregunta de seguimiento es, específicamente con respecto al versículo 7 de ese capítulo: ¿Cumple la ley tambien este mismo propósito para el hombre no regenerado? Entiendo que la convicción de pecado solo puede ser producido por la obra del Espíritu en un hombre regenerado. Pero es la ley la que el Espíritu usa para producirla, ¿verdad? En otras palabras, en la evangelización no comenzamos con el evangelio; comenzamos con la ley para establecer la culpa. Esa parece ser la línea del Catecismo de Heidelberg y su introducción de la ley en el Dia del Señor 2, reconociendo, por supuesto, que fue escrito como un catecismo para los regenerados”.

Mi respuesta a esta pregunta es:

(1) La ley sin la obra del Espíritu a través del evangelio es sin poder (Rom. 8:3). Ni siquiera puede convencer a nadie de pecado por sí mismo. De hecho, como Romanos 7:8 dice que la ley solo me provoca a “toda clase de concupiscencia” sin la obra del Espíritu. Esto es evidente en la perversidad de la naturaleza humana, que siempre está inclinada a hacer lo contrario de lo que se le ordena. Dios le dijo a Israel en Cades-barnea que entrara en Canaán y su respuesta fue: “¡No lo haremos!”. Dios dijo entonces: “Está bien, no van a entrar, sino que vagarán por el desierto durante 40 años”. “Oh”, dijeron ellos, “entonces sí entraremos”. Así es siempre. La prohibición del licor en los EE. UU. (1920-1933) es un buen ejemplo. Prohíbe algo y el perverso corazón humano querrá hacerlo aún más. La ley, separada del evangelio, en los no regenerados solo conduce a más pecado. Eso también es lo que significa Romanos 7:5 cuando dice que las pasiones del pecado son “por la ley”.

(2) Mencioné el evangelio porque no creo que la ley pueda ni deba predicarse separada del evangelio. Éxodo 20 introduce la ley con una declaración del evangelio: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (2). El lector preguntó: “En otras palabras, en la evangelización no comenzamos con el evangelio; sino comenzamos con la ley para establecer la culpabilidad”. Mi respuesta, nuevamente, sería que la ley es incapaz incluso de producir culpabilidad sin la obra del Espíritu, y el Espíritu obra principalmente a través del evangelio, y la ley es solo un corolario del evangelio. La evangelización no es, ante todo, la predicación de la ley, sino que es, por definición, la predicación del evangelio. El evangelio es el poder de Dios para salvación (Rom. 1:16; 1 Cor. 1:18-24).

(3) Esto significa que predicar normas de conducta separados del evangelio es un esfuerzo inútil incluso entre los regenerados. Solo la predicación de Cristo puede convencerme, conmoverme, generar fe y arrepentimiento, y santificarme. No creo ver con claridad la extrema pecaminosidad de mi pecado hasta que vea lo que le hizo a Cristo.

(4) En cuanto al Catecismo de Heidelberg, sin duda enfatiza el hecho de que conozco mi pecado únicamente a través de la ley, pero incluso el Catecismo no empieza con eso, sino con las verdades del evangelio en la P. y R. 1. Es un espejo de nuestra miseria, pero solo para aquellos que ya saben que pertenecen a un fiel Salvador. De lo contrario, como dice Santiago, “él se considera a sí mismo, y se va y luego olvida cómo era” (1:24). Un hombre no regenerado ni siquiera puede verse a si mismo en el espejo de la ley de Dios porque está ciego.

(5) Todo esto se reduce a esto: predica a Cristo, y a Él crucificado, y al terminar, predica más de Cristo, y luego aún más. De hecho, nunca prediques otra cosa. Cuando haya algún pecado que deba tratarse, predica a Cristo. Amonesta, sí, pero desde la sombra de la cruz. Predica la santidad, pero solo como un don de la gracia en Cristo. En las misiones, condena los pecados de los paganos y de las ovejas perdidas, pero recuerda siempre que la amonestación por sí sola no ha cambiado ni un solo corazón ni una sola vida en 6,000 años. Realiza misiones evangelizando, es decir, predicando la salvación del pecado mediante la sangre de Cristo.

A esto, nuestro interlocutor respondió: “Tienes razón. Me interesa principalmente un método de evangelismo/misiones. Sin embargo, no me refiero a predicar la ley en sí. En cambio, estoy pensando en lo siguiente: ¿Cómo tiene sentido el concepto de un ‘Salvador’ para un incrédulo a quien no se le ha presentado la ley por primera vez para que le indique de qué necesita ser salvado? Como Romanos 3:20 dice: ‘Por medio de la ley es el conocimiento del pecado’. En otras palabras, ¿qué son las ‘buenas noticias’ sin alguna comprensión de cuan ‘malas’ son las cosas, de la miseria de la humanidad sin Jesús, que proviene de la ley de Dios, como señala el Dia del Señor 2?”

Mi respuesta es la siguiente:

Tu pregunta: “¿Cómo puede tener sentido el concepto de un ‘Salvador’ para un incrédulo que nunca se le ha presentado la ley por primera vez para mostrarle de lo qué necesita ser salvado?”, puede mejor invertirse esta pregunta. Por lo tanto, pregunto: “¿Qué sentido tiene el concepto de ‘pecado’ para un incrédulo al que no se la ha presentado por primera vez el evangelio con su poder salvador para mostrarle su pecado?”. Esto demuestra, creo, que la salvación no es algo mecánico, una cuestión de cambios graduales, sino que es la creación de un nuevo hombre en Cristo: “Porque él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió” (Sal. 33:9). Esto, en mi opinión, es algo que debe recordarse al tratar cualquier parte del orden de la salvación. Las distinciones y el orden son importantes, incluso necesarios, en defensa de la verdad, pero la salvación no llega como un albañil que coloca ladrillo sobre ladrillo. Es más bien como un torbellino espiritual que se lleva lo viejo y pone algo nuevo en su lugar.

Cuando hablamos de la regeneración en un sentido amplio y estricto, de la fe tanto como vínculo y como actividad, de la conversión como giro inicial y como proceso que dura toda la vida, de la santificación como principio y como realidad diaria, en realidad solo estamos diciendo que la salvación es una obra orgánica de Dios que “llama las cosas que no son, como si fuesen” (Rom. 4:17). No debemos perder de vista toda la obra de gracia de Dios por enfocarnos demasiado en las partes.

Por otra parte, no tengo ninguna objeción en decir que el Espíritu usa la ley para despertar la conciencia. De hecho, si entiendo correctamente Romanos 2:15 y 7:5, 9, los “truenos” de la ley despiertan incluso las conciencias de los incrédulos, aunque no con gracia ni provecho alguno, como también lo hacen los juicios de Dios sobre la sociedad y en la creación. Esto solo conduce al endurecimiento y la cauterización de la conciencia en los no regenerados. Sin embargo, yo no creo que, cuando el Espíritu despierta la conciencia en uno de los elegidos, use la ley separada del evangelio, ni que deje a la persona durante muchos años bajo la convicción de pecado sin ninguna esperanza de vida eterna, es decir, bajo la ley y sin el evangelio. La ley y el evangelio funcionan como una unidad en la salvación del pecador, tanto al dar el conocimiento del pecado como al presentar a Cristo en toda su magnificencia como el único camino de salvación.

Dicho de otro modo, cuando el Espíritu obra una verdadera convicción de pecado en los corazones de los elegidos de Dios, él está realizando una obra de gracia, y la gracia es una sola y no viene a cuentagotas, sino en todo su esplendor divino, tocando cada parte de la existencia del hombre, transformando y haciendo santo al pecador. La gracia no se da para despertar la conciencia y dar un verdadero conocimiento del pecado, y luego se retiene el resto de la gracia salvadora, la gracia que vuelve el corazón a Cristo. Esto no quiere decir que la obra de hacer santos a los pecadores y de hacer una nueva creación a partir de las ruinas de la antigua no lleve toda una vida, ni que no haya crecimiento espiritual en la vida del creyente. Incluso la convicción de pecado crece, al igual que tambien aumenta el conocimiento salvífico de Cristo. Es solo para decir que la obra de salvación de Dios es un todo orgánico y no un proceso mecánico.

Es necesario enfatizar que la convicción de pecado es la obra de gracia del Espíritu. Nunca un pecador verá su pecado como pecado contra Dios y se lamentará por su pecado (y no solo por sus consecuencias) sin que sus ojos y su corazón sean abiertos. Al tener los ojos abiertos y ver su pecado, también se dará cuenta de que su caso es desesperado, excepto por la vía de redención de Dios y, por la misma gracia que le abrió los ojos a su condición perdida, comenzará a buscar a Cristo. En la misericordia de Dios, nadie ha buscado sin encontrar, ni ha llamado sin que se le abra el reino. Rev. Ron Hanko


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