Tipología Adán-Cristo (2)
¿Qué hay de la jefatura federal o del pacto de Adán? Adán pecó al comer del fruto prohibido. Como nuestra cabeza federal, el primer pecado del primer hombre se atribuye o imputa a todos aquellos a quienes él representaba. Porque todos pecaron en él, todos son juzgados por Dios, y por lo tanto son concebidos y nacidos en total depravación. Ese pecado original trajo muerte espiritual a la raza humana. “Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5:12).
¿Qué hay de la jefatura federal o del pacto de Jesucristo? Él obedeció la ley de Dios durante toda su vida. Como cabeza federal de sus elegidos, su perfecta obediencia es contada o imputada a todos aquellos a quienes Él representó. La justicia de Cristo es acreditada por medio de la fe, y Dios nos justifica o nos declara justos sobre la base de la justicia de Cristo imputada a nuestra cuenta.
Romanos 5:19 Habla de los resultados de la jefatura federal de ambas partes. Con Adán, es terriblemente negativo: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores”. Con Cristo, es maravillosamente positivo: “Así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”.
¿Lo ves, hijo de Dios? La tipología Adán-Cristo en Romanos 5 no se trata de sus personas o naturalezas, ni de su origen u orden, como tales. Se trata de su jefatura federal o del pacto, pues ellos son los dos representantes legales de la raza humana: uno para el mal, y el otro para el bien.
De acuerdo con Romanos 5:12-21 ¿Qué comparten todos los que están en Adán? ¡El pecado, la condenación y la muerte! ¿Qué comparten todos los que estaban en Adán pero ahora están en Cristo? ¡El perdón de los pecados, la justificación y la vida eterna!
Una vez establecido este fundamento básico, consideremos ahora el significado de la frase “mucho más” y de la palabra “abundaron” en Romanos 5:15: “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo”.
Algunos interpretan esta abundancia, este “mucho más”, al número de los salvados, afirmando que esto enseña que el número de los que van al cielo es mayor, incluso mucho mayor, que el de los que perecen en sus pecados.
Básicamente hay tres grupos que utilizan Romanos 5:15 (y declaraciones similares en el contexto) para argumentar que el número de los salvados es mucho mayor que el de los perdidos. El primer grupo son los postmilenialistas. Ellos sostienen que en una futura edad de oro, inmediatamente antes de la segunda venida del Señor, la mayoría de las personas en el planeta serán cristianos genuinos. En esta futura edad dorada, los verdaderos creyentes representarán un porcentaje tan alto de una población tan grande durante tanto tiempo, que su número superará con creces la gran mayoría de incrédulos que hubo en los milenios anteriores.
En el próximo número de las “Noticias Reformadas”, comenzaremos considerando a los otros dos grupos, antes de someter esta idea a una crítica bíblica. Rev. Stewart
El Hijo, no el Padre, fue crucificado
Para este número de las “Noticias”, tenemos otra pregunta muy perspicaz y difícil: “¿Por qué fue Dios Hijo, y no Dios Padre, quien se encarnó y murió en una cruz? ¿Hay algo peculiar en Dios Hijo que significó que Él tuviera que pasar por estas cosas por nosotros?”
Existió una antigua herejía, conocida por sus oponentes como Patripasionismo, un nombre que indica que, según su falsa doctrina, el Padre sufrió en la cruz. Este error, también conocido como Sabelianismo o Monarquianismo modalista, negaba cualquier diferencia real entre las tres Personas de la Trinidad. Enseñaba que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son simplemente diferentes formas en los que Dios se revela, y el creyente percibe y conoce al único Dios.
Esta herejía fue especialmente combatida por el padre de la iglesia latina, Tertuliano, y condenada como una negación de la enseñanza de las escrituras de que existe un solo Dios que subsiste en tres Personas distintas. La enseñanza de las escrituras se resume en el Credo de Atanasio: “Así que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios” (líneas 15-16).
Todo esto significa que la idea de que el Padre sufrió en la cruz ha sido condenada como herejía a lo largo de la historia de la iglesia cristiana. Sin embargo, esto no explica por qué fue el Hijo quien vino en semejanza de carne de pecado, sufrió y murió por nuestros pecados, y resucitó de entre los muertos al tercer día.
El lector sugiere la respuesta correcta en su pregunta: “¿Hay algo peculiar en el Dios Hijo que signifique que Él debería pasar por estas cosas por nosotros?” Si, hay algo en su ser como Hijo que hizo que fuera Él, no el Padre ni el Espíritu, quien naciera en Belén y quien sufriera y muriera en la cruz.
Esto se ve más claramente en su nacimiento y en su venida a semejanza de nuestra carne pecaminosa (aunque sin pecado). Él es, también en nuestra naturaleza humana, el Hijo de Dios, pues fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de la virgen María. Pensando en la encarnación, es inconcebible que el Padre hubiera nacido como el Hijo de Dios en nuestra carne. Eternamente y sin tiempo, engendrado por el Padre como la Segunda Persona de la Trinidad, fue conforme a su ser como Dios Hijo que naciera en la plenitud de los tiempos y tomara sobre el mismo nuestra naturaleza.
Así también debe ser con su obra salvadora en la cruz. Convenía al Hijo ofrecerse a sí mismo como sacrificio para la justicia y la rectitud de Dios por nosotros y en nuestra naturaleza. Que la muerte de Cristo en la cruz fuera un acto de perfecta obediencia sugiere que tuvo que ser el Hijo quien realizara esta obra. Sin embargo, nos apresuramos a añadir que, aunque Cristo en nuestra carne se sujetó al Padre y vino para hacer la voluntad del Padre, en la Trinidad el Hijo no es subordinado ni inferior al Padre: “Y en esta Trinidad ninguno es antes ni después; ninguno es mayor ni menor. Sino que las tres personas son coeternas y coiguales” (Credo de Atanasio, líneas 25-26).
Hay varias porciones de las Escrituras que respaldan lo que estamos afirmando aquí. La primera es Proverbios 8:22-31. Este importante pasaje identifica a la sabiduría no como una cosa, sino como una persona. La sabiduría es el Hijo de Dios. Al leer el pasaje, es difícil decir: “Este es el Hijo como la segunda persona de la Trinidad” o “Este es el Hijo encarnado”. De hecho, ambos son inseparables. Pero Proverbios 8 nos ofrece una perspectiva conmovedora y maravillosa sobre la relación entre el Padre y el Hijo. Como dice la sabiduría misma: “Cuando ponía al mar su estatuto, Para que las aguas no traspasasen su mandamiento; Cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo, Y era su delicia de día en día, Teniendo solaz delante de él en todo tiempo. Me regocijo en la parte habitable de su tierra; Y mis delicias son con los hijos de los hombres” (29-31).
Como la sabiduría eterna de Dios, Él es Aquel en quien se muestra y se expresa la sabiduría de Dios. Así, fue a través de Él que el universo fue creado y a través de Él que Dios se revela a los hombres. Habiendo venido en carne, la sabiduría eterna de Dios fue dada a conocer a los hombres, y fue dada a conocer en la maravilla de la gracia de Dios.
Él es, como Hijo, la revelación de la bondad, de la misericordia, de la bondad, de la gracia del Padre, sí, de todos los atributos de Dios. Puesto que todos estos fueron revelados como nunca antes en la cruz, tuvo que ser (hablando con reverencia) por medio de Él que se revelaran.
Otro pasaje es Hebreos 1:1-3. Aquí nuevamente es difícil decir: “Esto se refiere al Hijo encarnado y aquello al Hijo como el eterno, unigénito del Padre”, porque ambos están allí presentes. El pasaje muestra que corresponde al carácter mismo del Hijo o del Verbo, que el Padre hable por medio de él, que cree el universo por medio de él, que sustente todas las cosas por medio de él y que purifique nuestros pecados por medio de él. Él es el resplandor de la gloria del Padre y la imagen misma de su sustancia, como un buen hijo debe ser.
Habiendo revelado la gloria del Padre en la creación del universo, sin duda Él también debe ser Aquel por quien surge un nuevo mundo. Como Aquel por quien el Padre sustenta todas las cosas, sin duda Él también debe ser Aquel que en nuestra carne, sufriendo y crucificado, sostiene la fidelidad de Dios y su pacto con los hombres. Como la imagen misma del Padre, Él debe ser Aquel por quien la misericordia y la gracia de Dios se dan a conocer mediante su encarnación y muerte en la cruz.
Un tercer pasaje es Colosenses 1:15-18: “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten. Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia”.
Como ocurre con todos estos pasajes, nos enfrentamos a un misterio y solo podemos balbucear unas pocas palabras incompletas acerca de la Divinidad. Sin embargo, nos parece que estos versículos en Colosenses 1 están diciendo que el Hijo, como la imagen del Dios invisible, es siempre Aquel a través del cual el Padre se revela a sí mismo, tanto como Creador como Salvador. Que el pasaje habla especialmente del Hijo encarnado es evidente, pero ¿es Él completamente diferente en su encarnación de lo que es en su relación eterna con el Padre como la Segunda Persona de la Trinidad? No vemos cómo podría ser así.
Hay un indicio de este misterio también en la maravillosa verdad de que nuestra salvación incluye nuestra adopción como hijos de Dios. ¿Quién, sino el Hijo, podría hacernos hijos de Dios? ¿Quién, sino el primogénito, podría abrirnos el camino hacia la presencia, la comunión y el amor del Padre? ¿Quién, sino el Hijo eterno, podría hacernos hijos de Dios para siempre? Después de todo, Él solo es el Hijo eterno y natural de Dios, y nosotros somos hijos adoptivos de Dios, por gracia, por causa de Él (Catecismo de Heidelberg, R. 33).
Aquí estamos tratando, además, con dos grandes misterios: el misterio de la Trinidad y el misterio de la encarnación de nuestro Salvador. Estos misterios, aunque revelados, permanecen para siempre más allá de nuestra comprensión. Por lo tanto, lo que digamos sobre ellos debe decirse con cuidado y sin especulación antibíblica. No debemos ir más allá de lo que nos es dado en la Palabra de Dios. Que fue el Hijo quien nació en Belén y quien murió fuera de Jerusalén debe concordar con quién es Él como Dios Hijo. Todo lo que hemos dicho se reduce a esto, pero no nos atrevemos a ir más allá.
Al percibir en estas cosas el misterio de la Deidad, la incomprensibilidad de Dios, sentimos que estamos hablando de cosas demasiado elevadas para nosotros, cosas que apenas alcanzamos a percibir de manera muy tenue. Sentimos la fuerza de la pregunta de Zofar, el naamatita: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás? Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra, Y más ancha que el mar” (Job 11:7-9).
Concluimos este artículo con la oración de que, si hemos dicho algo que menosprecie la gloria y majestad de Dios, nos sea perdonado. Si hemos ido más allá de lo que podemos decir desde las Escrituras acerca de Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo, los tres grandes en uno, pedimos que nuestro misericordioso Salvador nos perdone.
Nos sentimos como Abraham, quien declaró con absoluta humildad: “He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza” (Gen.18:27). Él solo hablaba a Dios cuando se sentía completamente incapaz, mientras que nosotros nos hemos atrevido a hablar acerca de Aquel cuya gloria está por encima de los cielos, quien es “el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén”. (1 Tim. 6:15,16). Rev. Ron Hanko
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