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Calvino sobre la fe y la justificación / Calvin on Faith and Justification

            

Dos extractos de The Reformed Faith of John Calvin: The Institutes in Summary, por David J. Engelsma, páginas 194-197 y 230-231, publicados por la RFPA.

      

La fe como actividad

La Fe no es solo la unión con Cristo, sino que la fe es también una actividad. Como buen maestro, distinguiendo bien, Calvino da una clara definición de la fe: “Ahora poseeremos una definición correcta de la fe si la llamamos un conocimiento firme y seguro de la benevolencia de Dios hacia nosotros, fundada sobre la verdad de la promesa libremente dada en Cristo, ambas reveladas a nuestras mentes y selladas en nuestros corazones a través del Espíritu Santo.”[1]

Hay dos elementos principales de la fe como una actividad, como Calvino señala y explica más adelante en los capítulos catorce al dieciséis del libro tercero.

El primer elemento principal de la fe como una actividad es el conocimiento. Este conocimiento es un conocimiento de la mente iluminada. La mente iluminada es una mente que ha recibido el conocimiento de Dios en Cristo por el Espíritu Santo. Este conocimiento comprende el amor de Dios en Jesucristo para el que así cree. Para Calvino, el conocimiento de la fe es más del corazón que de la mente.

La fe para Calvino no es un asentimiento simple, objetivo, intelectual a la doctrina de la fe Cristiana establecida en la Biblia. No es el caso que sólo cuando Calvino llega al segundo elemento—confianza o seguridad—la fe adquiere el carácter de seguridad personal de la propia salvación. Esa seguridad personal ya es una parte integral del conocimiento. “¿Qué es el conocimiento de la fe?” le preguntamos a Calvino. Su respuesta es que, aunque la fe ciertamente es un conocimiento de las enseñanzas de la palabra de Dios, no es tal conocimiento de las enseñanzas de la palabra de Dios que deja abierta la pregunta de si estas verdades se aplican personalmente a aquel que cree. Más bien, es un conocimiento que comprende el amor de Dios en Cristo por él personalmente: “conocimiento de la benevolencia de Dios hacia nosotros”.

Fuera, entonces, con esa noción perniciosa que se ha infiltrado en las iglesias Reformadas, que esa seguridad no es de la esencia de la fe, de modo que uno puede hacer una cierta confesión externa de ser un creyente durante treinta, cuarenta o cincuenta años, pero nunca tener la seguridad de su propia salvación. Cualquiera que sea esta noción, no es la enseñanza de Calvino.

El segundo elemento de la fe como una actividad es la “certeza”, de hecho, la “certeza plena y fija” de que el amor de Dios y la salvación en Jesucristo son personalmente para el que cree.[2] “Sólo él es verdaderamente un creyente quien, convencido por una firme convicción de que Dios es un Padre bondadoso y bien dispuesto hacia él, se promete a si mismo todas las cosas sobre la base de su generosidad; quien, confiando en las promesas de la benevolencia divina hacia él, se aferra a una expectativa indudable de salvación”.[3]

Como Calvino se siente cómodo en los salmos y está familiarizado con todos los estados de ánimo del alma que se encuentran en ellos, reconoce las luchas que los creyentes tienen con esta certeza. Hay dudas y temores; sin embargo, no prevalece la incredulidad, sino la certeza de la fe siempre prevalece. Utiliza una figura vívida de un prisionero sentado con grilletes en una celda oscura. Privado de la vista completa del sol, el prisionero solo puede ver unos pocos rayos que brillan en su celda a través de una estrecha ventana. Calvino concluye: “Por mucho que estemos ensombrecidos por todas partes con gran oscuridad, sin embargo, estamos iluminados tanto como sea necesario para una firme seguridad cuando, para mostrar su misericordia, la luz de Dios derrama incluso un poco de su resplandor”.[4]

Calvino arremete contra la doctrina “medio papista” de que la vida Cristiana es una continua alternancia de fe y duda.[5] Calvino no excusa, ni promueve en secreto, ni glorifica, o tolera la duda en la experiencia Cristiana.

La explicación de la confianza del pecador—no de la duda— es la unión con Cristo.

No debemos separar a Cristo de nosotros mismos ni a nosotros mismos de él. Más bien, debemos aferrarnos valientemente con ambas manos a esa comunión por la cual Él se ha unido a nosotros. Así nos enseña el apóstol: “Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, más el espíritu vive a causa de la justicia” [Rom. 8:10]. De acuerdo con las tonterías de estos hombres [los medio papistas], deberían haber dicho: “Cristo en verdad tiene vida en sí mismo; pero vosotros, como sois pecadores, quedáis sujetos a la muerte y a la condenación”. Pero el habla de otra manera, porque enseña que esa condenación que merecemos de nosotros mismos ha sido absorbida por la salvación que está en Cristo. Y para confirmar esto, utiliza la misma razón que he expuesto: que Cristo no está fuera de nosotros, sino que habita en nuestro interior. No solo se une a nosotros por un vínculo indivisible de comunión, sino que con una maravillosa comunión, día a día, va creciendo más y más en un cuerpo con nosotros, hasta llegar a ser completamente uno con nosotros.[6]

Para Calvino, la seguridad, la certeza o la confianza de la salvación, incluyendo la perseverancia a la vida eterna, no es simplemente del bienestar de la fe. También es de la esencia misma de la fe. Una confianza audaz de la salvación frente a muchos pecados y problemas de todo tipo es lo que la verdadera fe es. Esto es tan importante para Calvino que incluso dice sobre el elemento del conocimiento que “el conocimiento de la fe consiste en la seguridad más que en la comprensión”.[7] Calvino no niega que la fe es conocimiento y comprensión, de lo cual la verdad bíblica los Institutos mismos es un testimonio, pero él dice que incluso el conocimiento de la fe es seguridad; y, si se reduce a eso, la fe es más seguridad que comprensión. Tan esencial es la seguridad a la fe que “no hay fe correcta excepto cuando nos atrevemos con corazones tranquilos a estar ante la vista de Dios”.[8]

[1] Institutos, 3.2.7, 1: 551; énfasis añadido.
[2] Ibíd., 3.2.15, 1: 560.
[3] Ibíd., 3.2.16, 1: 562.
[4] Ibíd., 3.2.19, 1: 565.
[5] Ibíd., 3.2.24, 1: 569.
[6] Ibíd., 1: 570, 571.
[7] Ibíd., 3.2.14, 1: 560.
[8] Ibíd., 3.2.15, 1: 561.

La justificación por la fe

Que el acto legal de la justificación es “por fe” no significa que la fe del pecador es una obra que merezca la justicia. Más bien, la fe es el “instrumento”[1] por el cual el pecador recibe la justicia de otro, incluso de Jesucristo. El pecador creyente recibe la justicia de Cristo por medio de la “imputación”.[2]

Ya en los tiempos de Calvino había que combatir el sutil error que hacía de la fe—la fe que es tan importante en la justificación—una obra del pecador que merece la justicia, una obra del pecador de la que depende la justicia del pecador.

Cincuenta años después de Calvino, este sería el hábil error por el cual el grupo Arminiano en las iglesias Reformadas en los Países Bajos corrompió la justificación por la sola fe, error que los Cánones de Dordt condenan explícitamente:

El Sínodo rechaza los errores de aquellos … que enseñan que el nuevo pacto de gracia, el cual Dios Padre, a través de la mediación de la muerte de Cristo, hecho con el hombre, no consiste aquí en que nosotros por fe, en la medida en que acepta los méritos de Cristo, somos justificados ante Dios y salvados, sino en el hecho de que Dios, habiendo revocado la exigencia de la perfecta obediencia de la ley, considera la fe misma y la obediencia de la fe, aunque imperfecta, como la obediencia perfecta de la ley, y la estima digna de la recompensa de la vida eterna a través de la gracia.[3]

Calvino arremete contra la corrupción de la doctrina fundamental de la justificación por la fe que hace de la fe una obra del pecador que gana la justicia o hace que el pecador sea digno de justicia. El niega que la fe justifique por “algún poder intrínseco”. Más bien, la fe es sólo “una especie de recipiente” para recibir la justicia de Cristo: un vaso, un vaso vacío que recibe algo de Cristo. El continúa: “La fe … es solo el instrumento para recibir justicia”.[4]

Más adelante, Calvino declara: “Decimos que la fe justifica, no porque merezca la justicia para nosotros por su propio valor, sino porque es un instrumento mediante el cual obtenemos gratuitamente la justicia de Cristo”.[5] La función instrumental de la fe en la justificación, Calvino lo expresa cuando insiste en que en materia de la justificación, la fe es “meramente pasiva”.[6]

François Wendel, el astuto expositor del pensamiento de Calvino, señala correctamente que para Calvino “la fe no es nada en sí misma. Adquiere su valor solo por su contenido, es decir, por Jesucristo”.[7] El objeto de la fe es la palabra de Dios, y más particularmente, la promesa de misericordia en la palabra de Dios, y más particularmente aún, Jesucristo. La fe se adhiere a Jesucristo. Esto es lo que da valor a la fe.

La Confesión Belga confiesa que la fe no es más que un instrumento en la justificación: “Sin embargo, para hablar más claramente, no queremos decir que la fe en sí misma nos justifique, porque es solo un instrumento con el que abrazamos a Cristo nuestra Justicia”.[8]

[1] Ibíd., 3.11.7, 1:734.
[2] Ibíd., 3.11.2, 1:727.
[3] Cánones de Dordt, 2, Error 4, en Las Confesiones y el Orden de la Iglesia de las Iglesias Protestantes Reformadas, 165.
[4] Calvino: Institutos, 3.11.7, 1:733, 734.
[5] Ibíd., 3.18.8, 1:830.
[6] Ibíd., 3.13.5, 1:768.
[7] Wendel, Calvino, 263.
[8] Confesión Belga, Art. 22, en Schaff, Creeds of Christendom, 3:408.

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