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CR News – Abril 2026 • Volumen XX, Número 24

      

¿Por qué el Cantar de los cantares recibe ese nombre?

¿Por qué el vigésimo segundo libro de nuestra Biblia se llama el Cantar de los cantares (1:1), es decir, el mayor canto de todos los tiempos? Primero, no es por su melodía, porque la Palabra de Dios no nos da melodías inspiradas para ninguno de sus cánticos.

Segundo, no es porque Cantares sea un acróstico, pues no lo es, a diferencia de los Salmos 9, 10, 25, 34, 37, 111, 112 y 145. El Salmo 119 es el acróstico más famoso de la Biblia. La primera letra de cada uno de sus primeros ocho versículos es el equivalente hebreo de la “A”, luego, la letra “B” aparece al inicio de los siguientes ocho versículos y así sucesivamente a lo largo de los siguientes 20 bloques de ocho versículos, de modo que las 22 letras del alfabeto hebreo se cubren en su orden correcto.

Tercero, la grandeza del Cantar de los cantares no reside en su longitud. No solo no es el canto más largo del mundo, sino que ni siquiera es el canto más largo de las Escrituras. El Salmo 119, el más largo de los 150 Salmos, tiene 176 versículos, ocupando más de 6 páginas en mi Biblia. Cantares contiene solo 117 versículos, casi seis páginas en mi Biblia.

El Cantar de Salomón es el más grande de todos los cantares en este mundo debido a su tema, que está magníficamente tratado. ¡Solo un cantico acerca de Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, quien se encarnó por nosotros y para nuestra salvación, podría llamarse verdaderamente el Cantar de los cantares! ¡Solo un cantico acerca de Aquel que es nuestro Salvador real y esposo amoroso, quien entregó su vida por su esposa, y acerca de nuestra unión y comunión con Él, podría ser identificado por nuestro Padre celestial como el más grande de todos los cantares! Así, las referencias bíblicas autorizadas de la Confesión de Westminster incluyen versículos de Cánticos sobre Cristo y su iglesia (10:1; 17:3; 18:4; cf. Catecismo Mayor de Westminster, P. & R. 81, 175).

Todo esto por sí solo, descarta la opinión de que este libro hable única o principalmente del amor humano entre un hombre (o más de un hombre) y una mujer. Además de las dos figuras de las que escribimos hace tres ediciones, Teodoro de Mopsuestia en la iglesia primitiva y Sebastián Castellio en la época de la Reforma, quienes fueron excepciones en su tiempo, esta, lamentablemente, es la opinión mayoritaria de la “erudición” moderna. Todos los liberales contemporáneos y un número sorprendentemente grande de evangélicos adoptan esta visión centrada en el hombre sobre el Cantar de Salomón. El indicador inspirado de la correcta interpretación de este libro tan profundamente misterioso y conmovedor se encuentra en su título y en sus primeras cinco palabras: “El Cantar de los Cantares” (1:1)! Rev. Stewart


¿Tienen fe los demonios?

Nuestra pregunta sobre este asunto se refiere a Santiago 2:19: “Quizá esto podría responderse en las Noticias Reformadas: ‘¿Por qué Santiago apela a los demonios en 2:19 para su argumento cuando él (y el Espíritu) sabían perfectamente que los demonios no pueden ser salvos de ninguna manera’—porque 1) Cristo no tomó sobre sí “la naturaleza de los ángeles” sino de los hombres (Heb. 2:16); 2) ¿tampoco murió por los pecados de los demonios?”

Santiago 2:19 dice: “Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”. La palabra bíblica común para creer se usa en este versículo y el uso de esa palabra plantea la pregunta de cómo puede decirse que los demonios creen, así como tambien la pregunta de por qué Santiago habla del “creer” de ellos.

Nuestro corresponsal señala que los demonios no serán ni pueden ser salvos. Tiene razón. La Escritura lo afirma en Judas 6: “Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día”. Ellos no solamente no son salvos, sino que son reprobados, rechazados eternamente por Dios, “guardados en prisiones eternas.” Hebreos 2:16 dice lo mismo, pero de otra manera. Cristo no asumió la naturaleza de los ángeles y, por tanto, no hizo expiación por los pecados de aquellos ángeles que habían caído.

La “fe” de los demonios, de la que habla Santiago, es un ejemplo de lo que en teología se llama fe histórica, una fe que conoce y reconoce los hechos de las Escrituras, pero que no es personal. Una persona con tal “fe” no puede hacer la confesión de Pablo en 2 Timoteo 1:12: “Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”. Tal fe no es ni personal ni salvadora. Lo que falta es la unión con Cristo, que es el corazón y el alma de la fe salvadora. Tal fe no está “en” Cristo.

Ese tipo de fe es meramente intelectual y solo una cuestión de conocimiento mental. Nunca es una cuestión del corazón. Sabe algo acerca de Dios, pero no puede decir: “Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; Él nos guiará aún más allá de la muerte”. (Sal. 48:14). Sabe acerca de Cristo, pero no lo conoce personalmente. Es solamente un asentimiento intelectual a la verdad.

Los demonios de los que habla Santiago saben que Dios es Dios, el único Dios verdadero y vivo. Sería difícil imaginar cómo podrían escapar de tal conocimiento, habiendo sido creados desde el principio en un estado de perfección en la presencia de Dios. De hecho, en el Antiguo Testamento, Satanás aún podía entrar en la presencia de Dios (Job 1:6-12; 2:1-7) y no fue expulsado completamente del cielo hasta que Cristo ascendió al cielo (Ap. 12:5-11). Ellos le conocen como Dios, pero siguen rebelándose contra Él.

Santiago 2:19 describe ese conocimiento y asentimiento intelectual como fe, porque superficialmente parece ser una fe verdadera. El conocimiento y el asentimiento intelectual forman parte de la fe verdadera, aunque la fe verdadera es más que un conocimiento puramente intelectual. Sin embargo, siempre hay quienes piensan que tener la cabeza llena de conocimiento significa que son salvos. Santiago habla de ese tipo de falsa “fe” y advirtiendo contra ella.

Todo esto no debe entenderse como una manera de menospreciar el conocimiento. La fe es más que conocimiento, pero el conocimiento es una parte esencial de la fe. No puedo confiar ni creer en aquello que no conozco. Si no sé qué significa ICHTHUS* como símbolo de la fe cristiana, no puedo decir que lo crea ni que encuentre algún deleite en ello. La fe no es un salto en la oscuridad, pues Pablo confiesa: “Sé en quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día”.

La fe histórica no es el único tipo de “fe” falsa. Las Escrituras hablan de una fe milagrosa, una fe que cree que Jesús puede hacer milagros pero que no tiene ningún interés en Él como Salvador. El hombre sanado en el estanque de Betesda, quien después denunció a Jesús ante las autoridades y tuvo que ser advertido por Jesús acerca de algo peor que su parálisis, es un ejemplo de fe milagrosa (Juan 5:1-16). También son los nueve de los diez leprosos que fueron sanados por Jesús (Lucas 17:11-19).

Las Escrituras también describen una fe “temporal”, una fe que parece real pero que no perdura como la fe verdadera. Aquellos en la Parábola del Sembrador representados como tierra pedregosa o tierra llena de espinos son un ejemplo de esta clase de fe (Mat. 13:20-22). Al principio, no se pueden distinguir de los verdaderos creyentes, pero al final abandonan el camino de la obediencia, a sus hermanos cristianos, a la iglesia, a la Palabra de Dios y al Señor Jesucristo, volviendo a sus antiguos caminos pecaminosos e incrédulos. Ellos “tropiezan” (21) y son “infructuosos” (22). No perseveran. Por otro lado, los verdaderos creyentes oyen la Palabra, la entienden, perseveran hasta el final y dan fruto (23).

Santiago está especialmente preocupado por una “fe” que no demuestra ser fe salvadora porque no realiza buenas obras: ” Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma”. (2:17). Las buenas obras son siempre la evidencia (no el origen, la fuente, la base o el fundamento) de la fe salvadora. La Confesión Belga, artículo 24 dice: “Por lo tanto, es imposible que esta santa fe pueda ser infructuosa en el hombre; pues no hablamos de una fe vana, sino de una fe que en las Escrituras se llama una fe que obra por el amor [Gal. 5:6], que incita al hombre a la práctica de aquellas obras que Dios ha mandado en su Palabra. Estas obras, al proceder de la buena raíz de la fe, son buenas y aceptables ante los ojos de Dios, en la medida en que todas son santificadas por su gracia; sin embargo, no cuentan en nada para nuestra justificación”.

Santiago enfatiza este punto al hablar de la fe de los demonios. La “fe” de ellos no es mejor ni diferente de una fe sin obras. No es una fe salvadora. Santiago dice: “¿Tienes una fe que no tiene obras? ¿En qué se diferencia tu fe de la de los demonios? ¿No entiendes que lo que tienes no es una fe salvadora? Puede que pienses que tienes fe, pero te engañas a ti mismo. Eres descuidado, profano y mundano, y no muestras evidencia alguna de tener una fe verdadera. Debes creer en Jesucristo para ser salvo y la prueba de que has creído para salvación serán las buenas obras, como las realizadas por Rahab, cuando ocultó a los espías, y por Abraham, cuando ofreció a su hijo Isaac a Dios. Si tienes fe verdadera, no favorecerás a los ricos ni despreciarás a los pobres. Si tienes verdadera fe, harás todo lo posible por ayudar a tu hermano pobre y hambriento, y no lo dejarás que se vaya sin lo que es necesario para el cuerpo» (cf. Santiago 2:14-26).

La fe nunca es la razón por la cual somos justificados, pero la fe es el medio por el cual somos justificados, porque la verdadera fe está en Cristo. La fe nos une a Cristo para que su justicia y obediencia sean contadas como nuestras (imputadas a nosotros). La verdadera fe justificadora se demuestra por las buenas obras, pues así como una rama injertada en un árbol da fruto, así tambien el creyente, injertado en Cristo por la fe, dará “mucho fruto” (Juan 15:4-5). Por otro lado, la fe sin obras demuestra que no está en Cristo y que está muerta. No somos salvos por las buenas obras, pero ellas son una evidencia importante de que somos salvos.

Las Escrituras hablan de la fe de los demonios, un asentimiento intelectual y formal a los hechos de las Escrituras, y la llaman fe como una advertencia contra la ortodoxia muerta, el antinomianismo y herejías como el sandemanianismo, que definía la fe como un mero asentimiento intelectual a las verdades de las Escrituras. Tales errores siguen existiendo, y a menudo se deben a la falta de voluntad para hablar acerca de las buenas obras, la obediencia y la santidad. Quienes caen en tales errores no toman en serio la ley ni sus demandas, y tienen la idea insensata y antibíblica de que cualquier mención de buenas obras es una negación de la salvación solo por gracia.

Santiago 2:19 también es una advertencia para quienes piensan que una buena comprensión de lo que enseña la Escritura significa que uno es salvo, de modo que nada más es necesario, y que descansan orgullosamente en su comprensión y conocimiento de las Escrituras. Estas personas suelen encontrarse en universidades o seminarios, así como en las bancas de las iglesias, y a menudo suelen ser producto de hogares e iglesias cristianas, bien enseñados, pero no salvos. Han aprendido mucho, pero nunca han creído para salvación. Conocen a Cristo por su nombre, pero no como su propio amigo y Salvador.

Que nuestra fe esté “en” Cristo” y nunca algo que sea solo un asentimiento intelectual a las verdades de las Escrituras. Que nunca descansemos en nada ni en nadie que no sea Cristo mismo. Nos salvamos solo por la fe, porque nuestra salvación es solo por gracia y solo en Cristo, y en Él descansamos. Entonces, habiendo sido salvos solo por la fe, también debemos mostrar nuestra fe por medio de nuestras obras. Las buenas obras, un conocimiento profundo de las Escrituras y una profesión creíble son los buenos y necesarios frutos de la fe salvadora. Rev. Ron Hanko


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