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CR News – Agosto 2025 • Volumen XX, Número 16

      

Tipología Adán-Cristo (6)

En este número de las Noticias, concluimos nuestra demostración de la verdad de que la bienaventuranza de la salvación en Cristo excede la miseria provocada por el pecado de Adán, según Romanos 5:15: “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo”.

Piense en los actos dispares de las dos cabezas federales. Primero, hubo el pecado original de Adán al comer el fruto prohibido. En segundo lugar, estaba la obediencia perfecta y permanente de Jesús. Dado que el Hijo de Dios se encarnó en el vientre de María, guardó todos los mandamientos de Jehová, hizo la expiación por nuestros pecados, resucitó victorioso de la tumba y ascendió triunfante al cielo, ¡seguramente los efectos de su obra, mucho mayor, superan los de la transgresión de Adán!

Incluso las respectivas uniones con las dos cabezas del pacto indican esto. La humanidad fue unida a Adán en su pecado y muerte por el justo juicio de Dios. La unión de los elegidos con el Señor Jesucristo es mucho mayor, porque estamos unidos a Él por su Espíritu Santo y por medio de la fe.

¿Qué es mayor: la pérdida de conformidad con Adán antes de la caída o la ganancia de conformidad con Jesucristo? Esto último por muchas razones, incluyendo que requiere nuestra predestinación inmutable, nuestro llamamiento eficaz, nuestra justificación legal y nuestra glorificación eterna (Rom. 8:29-30). ¿Qué es mayor: la muerte en Adán o la vida en Jesús? Esto último porque, en Él, tenemos vida de resurrección, vida eterna y vida divina. ¿Qué es mayor: estar lleno de pecado en Adán o estar lleno de la plenitud de Dios en Jesucristo y por el Espíritu Santo? Hacer estas preguntas son para responderlas.

Consideremos los resultados que se derivan del trabajo federal de las dos cabezas del pacto. En Adán, la humanidad tenía el estatus de ser un poco inferior a los ángeles (Sal. 8:5) pero, por su pecado, nos convertimos en esclavos. El Hijo de Dios se hizo un poco menor que los ángeles para que, por su obediencia, fuéramos exaltados en él por encima de las huestes celestiales (Heb. 2:9-10).

El “mucho más” de Romanos 5:15 se desarrolla aún con mayor claridad en términos de nuestra justificación más adelante en el capítulo: “Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo…. Pero la ley se introdujo para que el pecado abundase; más cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro”. (17, 20-21).

Volviendo a la verdad de nuestra glorificación, el cielo es mayor dicha y gozo que lo que el infierno es dolor y vergüenza. Consideremos la maravilla de nuestros cuerpos resucitados que serán “semejantes al cuerpo de la gloria suya [es decir, el de nuestro Señor]” (Fil. 3:21). Juzgaremos al mundo impío con Jesucristo (1 Cor. 6:2) y reinaremos con Él para siempre.

¡Todo esto procede de la actitud de “gracia” de Dios hacia nosotros y es su “don gratuito” por gracia a través de “un solo hombre, Jesucristo” (Rom. 5:15)! Rev. Stewart


La elección eterna de Dios y el rechazo a Cristo de los suyos

La pregunta de esta edición trata acerca de la elección eterna de Dios y del rechazo a Jesús por parte de “los suyos”: En Juan 1:11, leemos: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”. Los oponentes de la fe reformada usan este texto para argumentar que la elección no es para salvación. Dicen que la nación de Israel fue elegida (es decir, ‘suya’) pero no todos los ‘suyos’ lo recibieron. Por lo tanto, concluyen, la elección no conduce necesariamente a la salvación o al menos está condicionada a la aceptación por parte de tales elegidos: solo algunos de los “suyos” “lo recibieron” (12). ¿Qué significa “los suyos” en Juan 1:11? Cristo ‘vino a los suyos’ con el propósito de ser su Salvador, y sin embargo “los suyos no lo recibieron”.

Una de las cosas que las Escrituras enfatizan acerca de la elección es que esta es personal y no general: Dios elige a ciertas personas para la salvación y la vida eterna, y rechaza o reprueba a otras. Ambas verdades están claramente enseñadas en Romanos 9:6-13: ” No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. Y no solo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí”. Jehová escogió y amó al individuo Jacob, y rechazó y aborreció al individuo Esaú. Esto, téngalo en cuenta, es programático porque cada individuo en la raza humana es o bien personalmente elegido o bien personalmente reprobado (cf. 14-24).

Efesios 1:3-6 habla de la elección personal: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado”. Las palabras “nosotros” y “nos” se refieren a personas específicas, los “santos” y los “fieles en Cristo Jesús” (1), que fueron elegidos o “escogidos” (4) o “predestinados” (5) para salvación.

Para textos similares en las epístolas de Pablo, el lector debe consultar, por ejemplo, Romanos 8:28-30 y 11:1-10, Colosenses 3:12, 1 Tes. 1:4 y 5:9, y 2 Timoteo 1:9.

Es característico de aquellos que niegan la elección soberana, eterna e inmutable de algunos solamente, que, incapaces de negar las muchas referencias en las Escrituras a la elección, hacen que la elección sea general y no personal. Dios, según dicen ellos, solo eligió naciones o ciertos tipos de personas, pero no personas específicas. Por lo tanto, aunque Romanos 9:6-13 se refiere claramente a personas particulares, el pasaje es a menudo interpretado como si solo hablara de naciones y no de personas. De esta manera, reducen el pasaje a esto: En el Antiguo Testamento, Jehová escogió a Israel para ser su nación favorecida, y no a los ismaelitas ni a los edomitas.

En el momento en que se escribieron los Cánones de Dordt (1618-1619), los Cinco Puntos originales del Calvinismo, los arminianos, que se oponían a la gracia soberana y omnipotente de Dios, enseñaban que la elección solo significa que Él escogió ciertas condiciones para la salvación, el arrepentimiento y la fe, y no personas específicas. Eso iba de la mano con su enseñanza de que la fe y el arrepentimiento no son verdaderamente dones de Dios, sino que provienen de nosotros como producto de nuestro propio libre albedrío—nosotros escogemos arrepentirnos y creer—. Al hacerlo asi, cumplimos las condiciones que Dios estableció en la elección y así nos encontramos entre los escogidos.

Los Cánones se oponen enérgicamente a esto, rechazando los errores de aquellos “que enseñan que hay diversos tipos de elección de Dios para la vida eterna: una general e indefinida, la otra particular y definida; y que esta último a su vez es incompleta, revocable, no decisiva y condicional, o completa, irrevocable, decisiva y absoluta. Del mismo modo: que hay una elección para la fe y otra para la salvación, de modo que la elección puede ser para justificar la fe sin ser una elección decisiva para la salvación. Porque esto es una fantasía de la mente de los hombres, inventada sin tener en cuenta las Escrituras, por la cual se corrompe la doctrina de la elección, y se rompe esta cadena de oro de nuestra salvación: y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó (Rom. 8:30)” (I: R:2).

Los escurridizos arminianos afirmaban que no negaban una elección que fuera “particular y definida”, una elección de personas particulares y definidas, sino que enseñaban que había otra elección que era “general e indefinida”, una elección que dejaba a la voluntad y decisión de los

hombres si creyeran, serían salvos y contados entre los elegidos. Esa elección “indefinida” significaba que la salvación depende de la elección del hombre, y no de Dios.

Ese tipo de elección, que en realidad no es elección en absoluto, es, como señalan los Cánones, “incompleta” (nadie sabe, ni siquiera Dios mismo, quienes estarán entre el número de los elegidos), es “revocable” (una persona puede perder su elección), es “no decisiva” (Dios no la determina, sino que la deja a la voluntad y el capricho de los hombres) y es “condicional” (pues los hombres, al cumplir las condiciones que Dios ha establecido, se hacen a si mismos elegidos). Tampoco esta elección es soberana, eterna o inmutable. Ni siquiera es divina, es decir, una elección de parte del mismo Dios, pues es el hombre quien se hace elegido por su propia decisión. Tal elección no se encuentra en la Biblia.

A la luz de la enseñanza de las Escrituras con respecto a la elección divina, ¿qué significa que Cristo “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Juan 1:11)? ¿Podría quizás significar que Jesús vino a aquellos que le habían sido dados por el Padre en la elección, pero que nunca fue recibido por ellos, por lo que terminaron perdidos para siempre, a pesar de que habían sido escogidos eternamente? ¿Fueron ellos elegidos, pero su elección fue “incompleta” y “no decisiva”? A la luz de Juan 6:37, eso no puede ser porque Cristo nos asegura: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no lo echo fuera”.

Hay dos posibles explicaciones de Juan 1:11 que están de acuerdo con las doctrinas de la Palabra de Dios. La primera explicación es que “los suyos” no son los elegidos, sino simplemente los judíos, su propia nación y pueblo. Jesús vino a ellos y ellos lo rechazaron, como de hecho los relatos de los evangelios registran que lo hicieron. No hay, pues, ninguna sugerencia en este versículo de una elección que no sea personal, particular y definida o de una salvación que esté condicionada a la voluntad o a las obras de los hombres. El texto, siguiendo esa interpretación, no habla de la elección soberana e irrevocable de Dios.

La otra explicación, que nosotros preferimos, es que “los suyos” son los elegidos. Él vino a ellos y ellos no lo recibieron, al igual que el mundo no elegido del que habla Jesús en el versículo anterior (10). Los elegidos también lo rechazaron y despreciaron, hasta que, por la gracia todopoderosa de Jehová, realmente entendieron quién era Él, y lo recibieron a Él, obteniendo asi el derecho de convertirse en hijos de Dios (12). Esto concuerda con Isaías 53:3: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos“.

Seguramente, cualquiera que conozca su propio corazón sabe que es uno de aquellos que “no le recibieron”. Si yo hubiera estado en el palacio del sumo sacerdote o en el tribunal de Pilato o en el Gólgota, de no ser por la misericordia de Dios, yo también habría escupido en el rostro del Hijo de Dios, habría pedido su crucifixión, habría preferido a Barrabás y habría sido contado entre el ladrón impenitente que blasfemaba: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros” (Lucas 23:39). Cualquiera que entienda su depravación total, sabe que fueron sus propias manos las que crucificaron al Hijo de Dios, y su propio corazón el que lo rechazó y despreció. El mundo no le conoció (Juan 1:10)—una tragedia—, pero tampoco lo conocimos nosotros, que desde la eternidad éramos suyos, —¡una tragedia aún mayor! — Tampoco lo conocimos y nunca lo hubiéramos conocido—sino hasta que Él nos envió su Espíritu para obrar en nuestros corazones el arrepentimiento y la fe—.

Aquellos que recibieron a Jesús, aquellos a quienes Él vino, son aquellos cuyos corazones fueron transformados, a quienes se les concedió el arrepentimiento para vida y el don de la fe por el Espíritu Santo. Esta es la Palabra de Dios en Juan 1:13: “Los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Es cierto que la propia nación de Cristo lo rechazó a pesar de todas las promesas de su venida, pero no hay nadie que lo reciba, nadie que lo tenga en cuenta, a menos que Él mismo lo haga posible: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero” (6:44).

Tú y yo no recibimos a Cristo al principio, y sin embargo, siempre fuimos suyos, dados a Él por el Padre, redimidos por su sangre y luego, cuando llegó el tiempo señalado por Dios, ¡fuimos regenerados por su Espíritu! ¡Qué maravilla! Rev. Ron Hanko


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