Tipología Adán-Cristo (5)
¿Qué significa el “mucho más” de Romanos 5:15: “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo”. ¿Qué es “mucho más” entonces?
En números anteriores de las Noticias, hemos visto que no se refiere a que el número de los salvados supere al número de los perdidos. No está hablando de eficacia, como si la gracia de Dios fuese más poderosa para librar que el pecado para destruir, aunque esta idea se aproxima a la idea central de nuestro texto. La comparación tampoco se refiere a la seguridad, como si la gracia diera mayor certeza de salvación que el pecado de condenación.
Nuestro texto enseña que Jesucristo, nuestra cabeza federal o del pacto, trae mayores bendiciones que los males derivados de la caída de Adán, la otra cabeza federal. Esto incluye la verdad de que la gloria de la comunión con el Dios Trino en Cristo en los cielos nuevos y la tierra nueva superará con creces la bienaventuranza que Adán disfrutó antes de la caída en el huerto del Edén.
Consideremos las dos frases en Romanos 5:15 más de cerca, pues ambas prueban nuestra tesis. Primero, “Pero el don no fue como la transgresión”. La palabra “transgresión” aquí se refiere a lo que resultó del primer pecado de Adán: los efectos y consecuencias de su transgresión. Claramente, esta Palabra de Dios afirma que los beneficios de la salvación gratuita en el “segundo hombre” superan las miserias que se derivan del “primer hombre”—para referirse a las dos cabezas del pacto, según el lenguaje de 1 Corintios 15:47.
En segundo lugar, “Porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo”. (Rom. 5:15). Aquí vemos también que el don misericordioso de la salvación en el “último Adán” sobrepasa los efectos miserables del pecado del “primer” Adán (1 Cor. 15:45).
Esto puede parecerte contradictorio: “¡Seguramente la caída de Adán ha traído más miseria que la bienaventuranza producida por la gracia de Cristo!”. Sin embargo, Romanos 5:15 enseña lo contrario e incluso afirma que la salvación misericordiosa de la iglesia, en su cabeza del pacto, supera con creces el daño que proviene del pecado original de Adán: “Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron los muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo”.
Aunque Adán era sólo un hombre, Cristo es Dios encarnado, “Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col. 2:9)! Él es “infinito, eterno e inmutable en su ser, sabiduría, poder, santidad, justicia, bondad y verdad” (Catecismo Menor de Westminster, R. 4), y “la fuente desbordante de todo bien” (Confesión Belga 1).
Cristo posee la “gloria divina como del unigénito del Padre” y está “lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14), y, maravilla de las maravillas, “de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia” (16). Participamos de “las inescrutables riquezas de Cristo” (Ef. 3:8) y de “las abundantes riquezas de su gracia” (2:7). ¡Sin duda, esto supera la miseria que trajo la caída de Adán! Rev. Stewart
El más pequeño y el más grande en el reino
Tenemos otra pregunta interesante para responder en este número de Noticias: “¿Podría explicarme por favor? Mateo 5:19: ”De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos”. ¿Qué quiere decir Cristo con “el muy pequeño será llamado en el reino de los cielos”? ¿Significa que, aunque un verdadero creyente quebrante los mandamientos, seguirá siendo salvo, pero de menor rango en el cielo? ¿O significa que todos seremos pequeños comparados con Jesús?
El pasaje es un poderoso recordatorio de la importancia y la permanencia de la ley de Dios. Aquellos que sugieren que la ley de Dios no tiene lugar en la vida de los cristianos del Nuevo Testamento se equivocan con este solo versículo, aunque algunos de ellos también dirían que el reino del que habla Jesús aquí es solo para los judíos y no para el resto de nosotros.
¡Qué palabra tan impactante de instrucción acerca de guardar y quebrantar la ley de Dios! ¡Esto tiene que ver con nuestro lugar en el reino de los cielos! El guardar y quebrantar la ley jamás puede ser la razón de mi lugar en el reino. Ni siquiera puede ser la razón de mi estatus en el reino, sea como el más pequeño o como el más grande. Sin embargo, tiene que ver con mi lugar en el reino. No soy salvo por cumplir la ley ni por mis buenas obras, sino que seré juzgado según ellas.
Qué importante es esta palabra de Jesús para nosotros cuando tenemos la oportunidad de hablar a otros acerca de la ley de Dios o de ser un ejemplo de obediencia en cuanto al cumplimento de los mandamientos. Si mis palabras sugieren que la ley de Dios o cualquiera de sus mandamientos no tienen importancia, tal vez el cuarto o el décimo, ¿no soy yo uno de aquellos a quienes Jesús se refiere? Si, con mi ejemplo, animo a otros a quebrantar cualquiera de los mandamientos, ¿no soy yo uno de los llamados más pequeños en el reino?
Sin embargo, eso no responde a la pregunta.
En cuanto a que todos nosotros somos pequeños comparados con Jesús, no cabe ninguna duda. Mi vida, mis logros, mis obras, mi persona no son nada a los ojos de Dios en relación con mi Salvador. Él es mi todo en todo, todo lo que necesito, todo lo que tengo. Él es mi justicia, mi aceptación, mi esperanza, mi vida, mi paz, mi gozo. Sin Él, no soy nada ni tengo nada. En comparación con Él, cada creyente es el más pequeño en el reino de los cielos y Él es el más grande. Eso es cierto ahora y lo será por siempre, pero eso no es lo que Mateo 5:19 está enseñando.
Mateo 5:19 tiene que ver con los grados de gloria en el reino eterno y celestial de Cristo. Algunos serán grandes en el reino y otros serán menores. Esta es la clara enseñanza de las Escrituras. Seremos exaltados por encima de los ángeles y los juzgaremos en el último día (1 Cor. 6:3), aunque fuimos hechos un poco menor que ellos (Sal. 8:5). Por lo tanto, existen grados de gloria entre los hombres y los ángeles. Jesús les dice a sus discípulos que ellos “se sentarán sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt. 19:28) —otro ejemplo de los grados de gloria entre los hombres. Ciertamente, existen diferencias de gloria entre los santos en el cielo, al igual que en todas las obras de Dios, como explica el apóstol al comparar los cuerpos terrenales y los cuerpos celestiales, y los brillos relativos del sol, la luna y las estrellas. (1 Cor. 15:40-41).
Al considerar esto, hay varias cosas que debemos recordar. Primero, el Salmo 84:10 nos recuerda que es mejor ser “portero” en la casa de Dios, mejor estar a la puerta y solo mirar hacia adentro, “que habitar en las moradas de maldad”. Mi lugar en el reino de los cielos siempre será motivo de asombro. ¡Es asombroso que un pecador como yo pueda heredar el reino eterno de luz y gozo! Mi lugar en el reino es completamente por gracia. ¿Quién soy yo para pensar que merezco algo más de lo que se me ha dado, ya sea ahora o en la era venidera?
En segundo lugar, debemos también recordar que Dios juzga las cosas de manera muy diferente a como lo hacemos nosotros. Aquellos que piensan mucho de sí mismos descubrirán que, a los ojos de Dios, tienen poca o ninguna importancia. El padre o la madre humilde que es una bendición para su propia esposa o su propio esposo o para sus hijos, tienen mucho más valor que muchos de los que son considerados grandes por los hombres. El pobre jornalero que lleva su sándwich al trabajo cada día en una bolsa de papel, pero que trabaja fielmente para mantener a su familia y para tener algo que dar a la iglesia y a los pobres, es sin duda muy grande en el reino de los cielos, mucho más grande que muchos de los que reciben los elogios de los hombres. La persona que se contenta con recoger la basura de los demás, porque ese es el lugar y el llamado que Cristo le ha dado y lo que sus talentos dados por Dios le permiten hacer, es un ciudadano mucho más grande del reino eterno que aquel que desperdicia sus talentos y su tiempo, aunque tenga mucha más capacidad que el otro.
En tercer lugar, el hecho de que haya grados de gloria no significa que haya lugar para los celos o el descontento con lo que Dios me da. Si entiendo que mi salvación es toda por gracia y toda por Cristo, entonces no hay lugar para la envidia, sino solo para la humilde gratitud. No solo eso, sino que, dado que mi copa rebosa, ¿qué más podría desear aparte de lo que ya tengo?
En Mateo 5:19, estos grados de gloria están relacionados con cumplir o quebrantar los mandamientos de Dios y con enseñar a otros, ya sea de palabras o con el ejemplo, a cumplirlos o quebrantarlos. En otras palabras, los grados de gloria en el cielo son el resultado de que seamos juzgados conforme a nuestras obras. Que seremos juzgados según nuestras obras es la clara enseñanza de las Escrituras (Sal. 62:12; Mt. 16:27; Ap. 20:12).
Esto no puede significar que nuestras obras tengan mérito alguno ni que sean la razón para escapar de la ira de Dios. Nunca, de ninguna manera, debo confiar en mis propias obras, sino solo en la obra consumada de mi Salvador. Sin embargo, mis obras, aunque siempre imperfectas y sin mérito, demuestran que Cristo murió por mí y que le pertenezco, pues Él compró estas buenas obras para mí y obra en mí, por su Espíritu, tanto el querer como el hacer estas obras.
Que seamos juzgados según nuestras obras y que estas obras estén relacionadas con nuestro lugar y gloria en el cielo es un testimonio de la soberanía, el poder y la misericordia de Dios. Es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer lo que le agrada (Fil. 2:13). Luego, Él recompensa generosamente ese querer y ese hacer con una mayor o menor gloria en el cielo, y lo hace según lo que hemos hecho, sea bueno o malo. Mis pecados son culpa mía, al igual que el quebrantar sus mandamientos y el hecho de enseñar a otros a hacerlo. Yo recibo toda la culpa por mi mal obrar, pero Él recibe todo el crédito y la gloria por mi buen obrar y por todo lo que recibo como recompensa por ese buen obrar.
La soberanía de Dios al recompensar nuestras buenas obras será justa y recta, pero también será un testimonio de su soberanía, como enseña la parábola de los obreros de la viña (Mt. 20:1-16). Allí todos reciben lo mismo, aunque algunos trabajaron solo una hora. Allí, respondiendo a la crítica de algunos, el dueño de la viña dice: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?” (15). Tanto al juzgarnos según nuestras obras como al recompensarlas con gloria y bienaventuranza eternas, Dios obra según su soberano beneplácito y no está obligado a nada ni a nadie.
¿Quién se atreve, entonces, a quejarse de que Dios juzga según las obras? ¿Quién se atreve a pedirle cuentas por recompensar bondadosamente nuestras buenas obras? ¿Quién, habiendo sido salvado por gracia, puede quejarse de su lugar en el reino de Dios? ¿Quién, al recordar sus propios pecados, pensaría ser algo más que el más pequeño de todos los santos?
Sabiendo que guardar los mandamientos agrada a Dios y es recompensado por Él, me esfuerzo por ser santo y vivir una vida de buenas obras. Sabiendo que no puedo hacer nada por mí mismo, oro todos los días para que Dios me conceda la gracia necesaria. Pero también entiendo que la obediencia, la santidad y las buenas obras son una forma de mostrar mi agradecimiento a Dios, ¡y tengo mucho por lo que estar agradecido! Así que, aunque mis mejores obras sean imperfectas y estén llenas de mi propia pecaminosidad, no abandono la vida cristiana ni desisto de la lucha contra el pecado y Satanás, sino que, con muchas lágrimas, continúo la batalla hasta el día de mi muerte, cuando finalmente seré liberado de este cuerpo de carne.
Al esforzarme, luchar, trabajar, orar y arrepentirme de mis pecados, no envidio a quienes tengan mayor gloria en el reino que yo, sino que estoy agradecido de tener un lugar allí. De hecho, me conformaría con ser el portero, pues no merezco nada mejor, en realidad nada en absoluto. Aunque solo fuera el portero, sigue siendo mucho mejor vislumbrar el maravilloso reino de Dios desde allí que vivir en las más ricas moradas de la maldad. Rev. Ron Hanko
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